| LA JUSTICIA Y LOS SUEÑOS |
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Josefina Albert Galera 26.02.2010
A veces contemplo cómo se diluye mi sueño entre esa espesa atmósfera que es el insomnio y entonces, como una noctámbula más, voy vagando por y en la noche. Es el momento de revivir experiencias arropadas en el silencio de la oscuridad, donde las sombras se han convertido en figuras fantasmagóricas como espantajos preparados para asustar a niños y mayores. Luego, mientras te debates entre el sueño y la vigilia, dejas pasar por tu mente algunas imágenes de antaño, difuminadas a fuerza de lejanas en el tiempo y en el interés; otras, asociadas a vivencias y preocupaciones más recientes, se instalan en tu presente, dejándote palabras importantes que se clavan como cuchillos afilados, mientras la imaginación vuela, corre descontrolada, pierde su equilibrio y se lanza hacia el precipicio como un caballo desbocado: son las visiones de nuestra vida que, como figuras quiméricas, aparecen dispuestas a devorarnos antes de que la luz sea. Sin embargo, el monstruo imaginario de tu pesadilla se resiste a diluirse en la claridad del amanecer; por el contrario, a medida que pasan los días empieza a tomar cuerpo hasta convertirse en una obsesión: descubres que es una realidad que te supera, una preocupación de mucho tiempo atrás, un temor que jamás habías experimentado y al que tratas de sustraerte, pero, no, ni en el sueño ni en la vigilia desaparece. Confieso que nunca había estado tan preocupada por estos asuntos: es el tema de la justicia, de los nacionalismos, de la persecución del castellano en Cataluña, de la secesión que acecha como una leona dispuesta a lanzarse sobre su presa a la primera ocasión y de tantas cosas que suceden cada día en esta España nuestra –sí, en mi querida España, como dice la canción de la malograda Cecilia-. Es el monstruo de mis sueños. Ya lo dice el refrán: «Lo que de día se piensa a la noche se sueña». Lo último es la ofensiva del gobierno catalán al Tribunal Constitucional, tratando de minar su trabajo para adaptar las resoluciones a su conveniencia. Sin duda que peligra la independencia judicial, un derecho humano fundamental, un derecho de la persona cuya realización es condición para que actúen los demás derechos. Los magistrados del Constitucional, altos dignatarios del Estado, como dice la Real Academia, ya deberían haberse pronunciado sobre el Estatuto de Cataluña, un Estatuto a todas luces inconstitucional por los cuatro costados, como muy bien saben los nacionalistas catalanes. Y si no, ¿a qué viene tanta amenaza? La espera del fallo, que lleva camino de los cuatro años, puede convertirse en un auténtico esperpento: una justicia tardía puede ser una tremenda injusticia. El problema es político: los magistrados que lo componen, aunque no lo reconozcan, dependen ideológicamente de los partidos que los han designado. Solo el prestigio profesional debería contar a la hora de nombrar a los jueces de los tribunales para impedir que el sistema de justicia constitucional se pervierta. Y entonces, si se corrompe ¿qué será de nosotros?, ¿a quien acudir? Viene a cuento aquellas sabias palabras que D. Quijote, evocando la Edad Dorada, dirigió a los cabreros (cap. XI, 1ª Parte): «La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen». Para reflexionar, ¿no creen? |
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